Europa el Japón y la China podrían decir gracias señor Trump

El presidente electo de los EE.UU. Donald Trump, quien al momento de escribir este artículo está a muy pocos días de ser presidente en ejercicio, ha reiterado que va por el esquema proteccionista, en contra del libre comercio y a favor de que no salgan las empresas de los EE.UU. a realizar inversiones en el exterior.

No sólo eso, sino que ha amenazado por ejemplo a la empresa alemana BMW que le impondrá un 35% de aranceles a los vehículos que producirá en México si los exporta a los EE.UU. Es decir, una oleada proteccionista y una visión anti libre comercio realmente fuerte.

Que el libre comercio siempre ha tenido detractores, es un hecho concreto y comprobado. Que las prácticas proteccionistas han demostrado su ineficiencia a través del tiempo, es un hecho más real todavía.

El invento que pretende aplicar el señor Trump no es nuevo. La lógica que él está predicando tampoco es nueva. De hecho, la madre patria de los EE.UU., esto es Inglaterra, lo patentó hace bastante más de un siglo.

Luego de la revolución industrial, los productores de textiles de Inglaterra no solamente que mejoraron su producción y la hicieron más eficiente tomándose en poco tiempo los mercados del mundo, sino que, como es lógico ante las alternativas que brinda el mercado, realizaron además importantes inversiones en la India, a la sazón, la más grande colonia Británica, donde no solo la mano de obra era barata, sino que además la buena producción de algodón, hacían totalmente lógico el abrir plantas textiles en ese país.

Al cabo del tiempo, los textiles producidos en la India desplazaron en el mundo a los textiles de algodón producidos en Inglaterra. Más aún, empresarios indios, empezaron a montar sus propias plantas.

Los empresarios ingleses, con una visión más corta que la de un no vidente, realizaron el siguiente razonamiento: “Somos el país líder de la revolución industrial. No podemos permitir que ese liderazgo se nos quite. Si exportamos maquinarias, y otros países producen lo mismo que nosotros con nuestras máquinas, perderemos ese liderazgo. Por lo tanto, Inglaterra no debe permitir la exportación de maquinarias”.

De hecho, los legisladores ingleses, que no habían leído a Adam Smith, a Marshall y a Ricardo,  compraron el argumento de los poco visionarios empresarios. Inglaterra entonces, para supuestamente precautelar su condición de líder de la revolución industrial, prohibió la venta de maquinaria al exterior.

A no mucha distancia, en el continente Europeo, existían unos ciudadanos con vocación de ingenieros: los alemanes. Ellos tomaron el reto, empezaron a fabricar maquinaria y a exportarla a todos los países del mundo. A los pocos años, los cómodos empresarios ingleses habían logrado contagiando al poder político, el que Inglaterra perdiera el liderazgo mundial en producción de maquinarias e invención. Alemania se transformó en el principal exportador de maquinarias de Europa, característica que hasta hoy no la ha perdido. Inglaterra jamás logró recuperarse de ese grave error, Alemania se le fue encima, y sigue siendo hoy la más importante economía de Europa. Las maquinarias alemanas siguen siendo las mejores y ese liderazgo Inglaterra difícilmente podrá arrebatárselo ya.

Lo que hoy propone el Sr. Trump es exactamente lo mismo. Es una invitación a Europa, al Japón y a la China, para que realicen inversiones y abran plantas en aquellos países donde es lógico y económicamente razonable invertir. Trump  prohibirá a las empresas de los EE.UU. hacerlo, “precautelando el empleo en EE.UU.”.

De producirse en hechos lo que hoy es la prédica de Trump, las transnacionales Europeas, Chinas y Japonesas tomarán el reto, y le quitarán a los EE.UU. un espacio económico, que difícilmente lo podrá recuperar luego la economía de dicho país, al igual que Inglaterra no ha logrado recuperarse ante Alemania.

El resultado será que en el mediano y largo plazo las economías de los países que realicen las inversiones avanzarán más rápidamente que los EE.UU. y  su penetración en el mercado mundial será mayor.

Esto podría llevar a los EE.UU. a volverse todavía más proteccionistas, con un resultado aún más negativo sobre su población. La otra opción es que cambien su política y enmienden su error.  Si esto último se hace, habrán retrocedido en el mercado mundial, habrán perdido oportunidades que las habrán tomado otros.

La sombría Europa, que ha tenido años de dificultades económicas, tal vez tenga en esta aberración la oportunidad de un crecimiento que de otra forma no se podría dar.

Esta política de los EE.UU. es tan absurda como la que en el Ecuador pretende forzarnos a producir aquello en lo que no somos eficientes, con el famoso intento de cambiar la matriz productiva alejándose de la lógica económica y de la eficiencia.

Las lecciones del pasado son tan claras y la ceguera del presente tan obvia. Alejarse de la lógica económica, creer que las fuerzas del mercado y las realidades económicas no existen, es sembrar los más terribles vientos para cosechar luego tempestades económicas que terminan siempre perjudicando a las sociedades donde los errores se cometen.

Artículo publicado originalmente en Punto de Vista el 20 de Enero de 2017.

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